Rabbi Efraín Ben José Eliakim

Chacham-Ephraim-2Rabbi Efraín Ben José Eliakim

1856-1930

 

Desde el segundo siglo de la Era Cristiana en Tiberíades, al lado del Mar de Galilea estuvo la cuna de los Patriarcas Judíos, y, a su vez, el centro Judío de aprendizaje más grande de su tiempo. Este le dio al mundo el Mishná, el Talmud de Jerusalén, y El Texto Masorético. Este ha mantenido su posición de dignidad hasta el día de hoy, y algunos titulares más merecen respeto, como por ejemplo “El Rabino de Tiberíades”

En tal atmósfera nació Efraín ben José Eliakim. Su padre fue un Rabino en la Ciudad Antigua, un líder en su comunidad Judía de habla Árabe. Efraín fue de los primeros destinados a tomar el puesto Rabínico, y se hizo un estudiante diligente de la Biblia y de temas del libro de Talmud, y con el tiempo obtuvo la dignidad de Jajam, la designación normal para un Rabino en la sección nativa al Judaísmo Palestino.

Estimado y honrado por los judíos y árabes por igual, él recibió un puesto líder en su comunidad, y llegó a ser uno de los Jueces Rabínicos encargado específicamente de los derechos e intereses de los individuos de su comunidad. Coincidentemente, con estos avances contrajo matrimonio con la hija del Rabino Jefe, y como la familia había obtenido protección Francesa, tenía razón al esperar gozar de una vida cómoda y libre de preocupaciones a diferencia de los rabinos de origen Turco que tenían que sufrir a manos de los oficiales menores.

Junto con sus otras responsabilidades, el Rabí Efraín enseñaba del Tanaj y el Talmud. Su escuela era como las demás escuelas comunes en Tibieras en la última década del siglo segundo. El Rabí se sentaba en su silla mientras sus estudiantes se sentaban en tapetes a su alrededor, literalmente a los pies de su maestro. Generalmente el Tanaj solamente se estudiaba a través del Talmud, aunque el rabino le daba más atención de lo ordinario.

El aún se mantenía como un judío fanático, odiando a los cristianos y especialmente a los misioneros, planeando persecución en contra de cualquiera que procurara siquiera acercarse a ellos. Con sus propias palabras, me relató que estaba tan amargado que “nunca permitió que su esposa e hijos se acercaran al departamento hospitalario de la misión, sin importar la gravedad en la que se encontraran,” un compromiso que la mayoría de los otros Rabinos estaban dispuestos a hacer cuando un doctor judío no estaba disponible. Cada individuo al que se le sospechaba simpatía hacia los cristianos tenía razón al temer.

Pero estaba por venir un cambio. El misionero de la iglesia escocesa en Tiberíades en aquel tiempo era el Reverendo Dr. William Ewing. Él tenía como huésped al Pastor Becker de Berlín. Se hizo una visita al pueblo, y el presente escritor les acompañaba. Pasaron la escuela del Jajam Efraín y se asomaron por la ventana. El Dr. Ewing hablaba fácilmente en el idioma árabe, y conversó alegremente con el rabino. Palabras amables de aquel al que él estaba acostumbrado a ver de distancia con temor y odio a la vez tocaron su corazón, y unos cuantos días después se presentó como un visitante a su puerta, donde fue recibido con cortesía.

Los dos hombres eran casi de la misma edad, y muy pronto las visitas formales se fueron desarrollando en pláticas amigables, el Talmud y el Tanaj siendo el centro de su conversación al principio, pero cada conversación guiada por cualquiera de los dos lados terminaban dirigiéndose a la declaración que Cristo era el Mesías y el Redentor. Su firmeza bíblica se hacía clara, y gradualmente, las profecías se le fueron haciendo más claras hasta que la luz de la aurora le resplandeció.

La antigua interpretación judía del capítulo cincuenta y tres de Isaías era conocido como referencia al Rey Mesías, y no tomó mucho tiempo para que Jajam Efraín reconociera el cuadro del Siervo que sufría “que por sus llagas fuimos curados.” Los sufrimientos a través de los años y la procuración de su propia gente desesperada, lo llenó de curiosidad. El miraba la historia a través de los siglos y se preguntaba, “¿Dónde están las promesas a nuestros padres? Somos el pueblo escogido de Dios, las cosas gloriosas que serían nuestras son ahora la posesión de extraños.” Guiado por su amigo el consideró: “ El primer templo fue destruido y la nación dispersada por causa de tres grandes pecados cometidos por Israel, pero setenta años después, el templo fue reconstruido; luego vino la segunda destrucción, y por más de mil ochocientos años Israel ha estado sin una Casa Santa. ¿Qué fue la causa de esta segunda destrucción y de la gran dispersión? Idolatría no fue una razón. No existía falta de celo por la Ley ni por los sacrificios. Los hombres eran celosos de Dios y no cesaron el servicio del templo hasta la hora de su destrucción. ¿Por qué Dios nos ha desamparado por tanto tiempo?”

El lloraba y oraba y batallaba con los problemas, no dispuesto a ceder. Hasta hacía preguntas de estas cosas a sus hermanos rabinos, pero ellos nada más le podían dar las respuestas formales de la tradición judía ya gastadas por el tiempo. El aún estaba insatisfecho, y el único resultado de sus consultas era que levantaba sospecha y una vigilancia más cercana de sus movimientos. Aun así batallaba, convencido que algún pecado terrible había sido la causa de la ira del Dios Todopoderoso en contra de su gente. Luego le se le aclaró el secreto de todo ello—“odio sin causa” (Yoma, 9b). “Odio sin causa” es la razón que el Talmud da por la destrucción del Segundo Templo.

“No se alegren de mi los que sin causa son mis enemigos, Ni los que me aborrecen sin causa guiñen el ojo.” (Salmos 35:19) Jesús vino para ser nuestro sacrificio de expiación, tal como profetas del Tanaj profetizaron, pero muchos de nuestros antepasados lo odiaban sin causa. Cuando nuestros antepasados rechazaron al Mesías, el Templo fue destruido poco después (Daniel 9) trayendo el juicio de Salmos 2a sobre nosotros y nuestros hijos.

¿Por qué se amotinan las gentes, Y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra, Y príncipes consultarán unidos Contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, Y echemos de nosotros sus cuerdas. El que mora en los cielos se reirá; El Señor se burlará de ellos. Luego hablará a ellos en su furor, Y los turbará con su ira. Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte. Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, Y como posesión tuya los confines de la tierra. Los quebrantarás con vara de hierro; Como vasija de alfarero los desmenuzarás. Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes; Admitid amonestación, jueces de la tierra. Servid a Jehová con temor, Y alegraos con temblor. Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; Pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían.

Una voz suave y apacible le susurraba a Efraín, “Cesa de odiarme. Ámame y yo te daré paz.” La lucha se había acabado, había encontrado paz, que mantuvo sin titubear hasta su último día.

Al pensar de la próxima escena todavía me dan escalofríos, aunque ya han pasado más de 38 años. El Jajam Efraín le dijo a su familia que tenía la intención de ir a Jope por unos días. Se le sospechó y se puso en acción una emboscada, pero el encontró refugio en la casa pastoral. La noche pasó y se resolvió que el Dr. Ewing, el Rabino, y yo emprenderíamos el viaje antes del amanecer. Apenas habíamos pasado el castillo antiguo cuando se dio una señal, y fuimos rodeados por una multitud enfurecida, más maniáticos que hombres. Inmediatamente se nos forzó a bajar de nuestras cabalgaduras, y la multitud comenzó a golpear a Efraín al punto de casi despedazarlo. Justo a tiempo, Efraín extendió y tomo mi mano y eso detuvo el furor de la multitud. Él [Dr. Ewing] era súbdito francés, y el asunto seria doblemente serio si algún daño se le hiciera a dos hombres de diferente nacionalidad causando una doble complicación. El Dr. Ewing se dirigió y calmó a la multitud, y regresaron a la casa pastoral.

Se llevó a cabo una conferencia donde participaron su esposa y dos Rabinos. Repentinamente, la conferencia fue interrumpida por un intruso de un tonto del pueblo, que tenía alguna indignidad en contra de su esposa y que parecía dividir a los cónyuges. El Jajam dio a entender que el viaje estaba anulado. El cogió la mano de su esposa y caminó a casa con ella.

Luego comenzó un tiempo de fiera persecución. El Rabino Efraín fue detenido secreta y repentinamente sin darse cuenta los misioneros. Después se dio a conocer que se le había acusado falsamente de robo, y que se le había confinado en una celda sucia donde sufría degradación inexplicable. Su determinación y espíritu se mantenían sin doblez, era azotado y hambreado, un castigo que dañó su salud de por vida. Aun así se mantenía firme en sus convicciones. Condenado como traidor, fue removido secretamente del pueblo a una colonia judía en las Aguas de Merom (el Lago Jule), y su nombre fue borrado de la memoria de sus amigos y compañeros.

Muchos meses después, uno de los misioneros cabalgaba en la parte alta del Valle del Jordán y vió a un a criatura desamparada, agachándose en su tarea en el campo, bajo el sol caluroso, y fue sorprendido al acercarse y descubrir que era el mismo Rabino Efraín. Había cambiado bastante. Las durezas que había soportado habían dejado huella en su cuerpo, sus arrugas se habían profundizado en su piel ya maltratada por el clima; pero había una brillo de bienvenida en sus ojos. En respuesta a las preguntas relató brevemente de sus experiencias, aunque éstas no lo habían doblegado. Nada lo desmoralizó, se mantuvo firme en su camino. Le era imposible regresar a Tiberíades. Para su sostén económico, él voluntariamente soporto el agotamiento de arduos e incesables trabajos en el servicio a extraños, hasta que le placiera a Dios mostrarle Su voluntad. Se puso de pie de entre los surcos del campo despidiéndose genialmente de su amigo, luego, animado por el encuentro, continuó su labor.

No mucho después el Rabino Efraín fue a Nazaret, con una luz de propósito en sus ojos, y allí fue bautizado. Pronto aprendió que grandes cosas debía sufrir por la causa de Cristo. Cuando regreso a Tiberíades, su esposa e hijos le fueron quitados, y aunque su esposa lo amaba entrañablemente, sus parientes de ambos lados de la familia se unieron en amenazas y advertencias, y vigilaban cercanamente sus movimientos. Las autoridades de la sinagoga parecían sentir fuertemente su deserción. “Si hubiese sido un judío ordinario” decían para que yo escuchara “lo hubiésemos comprendido, pero que un Rabino, y uno de su posición, cambiase, ¡simplemente no hemos escuchado tal cosa!” Sus hijos eran jóvenes, y eran puestos fuera del alcance de su influencia. Constantemente estaban en su corazón, y constantemente intercedía por ellos, pero en temas de fé, la barrera rabínica se mantenía, y hubo poca asociación con ellos, excepto con su hijo el mayor en el periodo de la Guerra Mundial.

Se dirigió a Jerusalén. Era un desconocido a las comunidades cristianas. Evadía sospecha y mal representación a través de su viaje, y casi todo mundo lo malentendía. Por fin conoció a los Schnellers, cuyo orfanatorio y otros trabajos habían sido una bendición para toda clase de gente en la región por más de tres generaciones. Justo en ese tiempo estaban por construir una adición para proveer más alojamiento y hospedaje. Allí el “Rabino de Tiberíades” trabajo como un jornalero de día, cargando cemento y piedra. Su ingreso era lo de un siervo ordinario, pero nunca se quejó de ello. Se contentaba con la manera más sencilla de vida y ropa, y todo aquello que podía ahorrar de su ya diminuto salario lo usaba para ayudar a los pobres que conocía, y de quien tenía conocimiento a través de su continuo testimonio para el evangelio. Así, su servicio no era de palabra solamente sino de hechos. Su conexión con los Schnellers continuó, siendo empleado por ellos en su fábrica de alfarería.

Durante su trabajo en el Orfanatorio, tuvo mucho contacto con los Rabinos en Jerusalén quienes habían sido sus estudiantes en Tiberíades, y quienes, a través de sus enseñanzas, habían obtenido su alto rango. Ellos estaban muy perturbados y confundidos al encontrarlo en su presente estado despreciable, por lo cual ellos le pedían: “Te rogamos que tengas lastima de tu edad avanzada, y abandones este rudo trabajo y regreses con nosotros y nuestros padres para que seas jefe entre nosotros como lo eras antes.” Él aceptaba la prueba de amistad de ellos con gratitud, y aun con gozo, porque, en parte, había aun evidencias de amor de ellos hacia su viejo maestro, aunque él se mantenía sin titubear en su lealtad a Cristo.

Un cambio feliz llegó al ser transferido al servicio de la Alianza Cristiana y Misionera, más cerca de la ciudad y de aquellos que ansiaba alcanzar. Ya libre de trabajo manual, ahora podía dedicar todo su tiempo y esfuerzos a testificar entre los judíos, a quienes él fue especialmente encomendado como evangelista regular. La Alianza rentó un cuarto para el en la Carretera Jope, y allí el Jajam Efraín pasaba sus días presentando al Señor Jesucristo a sus hermanos, razonado con ellos en cuanto a las cosas del Evangelio. En este lugar sucedió más que una discusión agitada. En ocasiones era apedreado mientras regresaba a su hogar, y en una ocasión una piedra le hizo una herida en la cabeza. Pero aun así nunca pensó en cesar de predicar del Señor, ni en dejar de predicar en los servicios de los Sábados por la tarde que a menudo se llenaba de Judíos.

Se hicieron esfuerzos para obtener una renuncia de su parte, o por lo menos silenciarlo, ya que la persecución había fallado en hacerlo. Con buenas palabras e inducciones se trató de persuadirle. Fue invitado por los Rabinos, y acepto la invitación del Jefe de los Rabinos, ya que por este medio él podría obtener lo que su corazón tanto había deseado -la oportunidad de predicarle del Evangelio. Pasaba horas con los Rabino comprobándoles por medio de las Escrituras que Jesús era el Mesías. La mayoría se mantenían sin ser convencidos, pero algunos de ellos fueron despertados, reconociendo las pruebas infalibles que presentaba, y después lo procuraban para pasar un tiempo privado de estudio y oración. Personas con preguntas y dudas incrementaban en número, pero como siempre, se esparcían a otras tierras donde su influencia se sentía en las iglesias. A través de aquellos que permanecían se creó una tendencia subyacente de meditación, que ha continuado hasta hoy en día.

Al principio de la Guerra Mundial, el Jajam Efraín fue a Egipto donde fue recibido por su hijo mayor, que en ese tiempo residía en el Puerto Saíd. Allí se encontró con esfuerzos renovados de parte de los líderes religiosos locales para convencerlo por medio de sus argumentos, pero las conferencias de pronto se suspendieron cuando uno de los Jajamin menores comenzó a inclinarse hacia las creencias de Efraín.

Después que acabo la guerra, regreso a Jerusalén donde fue empleado como portero en casa de los Schnellers. En su cuarto pequeño al lado de la puerta continuamente testificaba de Cristo, y allí el presente autor se encontraba con él y conversaba con él en el verano de 1927—una reunión llena de gozo y felicidad después de treinta y cuatro años. Él estaba firme en la fe, humilde, y contento. Su asociación con la Alianza continúo de una forma voluntaria. Le daba gran gozo pasar una parte de los Sábados en el Cuarto de Lectura, que se titulaba Ben Dorshe Emeth. (La Casa de los Buscadores de la Verdad.) Mientras que hombres y niños entraban por docenas para hablar con él, muy seguido se quedaban al servicio de la tarde que se hacía otra vez en el idioma viviente de la Tierra Santa- el Hebreo. En todas las cosas daba un testimonio sobresaliente del poder salvador del Señor Jesús.

El Reverendo Esber Domet, un cristiano árabe y un amigo cercano del Rabino, relata de una forma hermosa su última plática juntos, la tarde antes de que fuera llamado a Casa. El me escribió: “Yo sentí la presencia del Señor cerca de esa cama. El Jajam Efraín me pidió que orara con él. Después que yo había orado, el también oro de la siguiente forma ‘O Señor Jesús, te doy la gloria porque me has redimido. Te bendigo ya que me has usado en tu servicio para la salvación de muchas almas. Te ruego, Señor Jesús, que bendigas tu Iglesia alrededor de todo el mundo y que la fortalezcas; pero te doy gracias especialmente por la iglesia secreta de Jerusalén. Dale, Señor, fe y medios para incrementar y prosperar para tu gloria. Amen.’

” Con tales palabras y pensamientos de gloria y adoración del Señor a quien amaba y a quien sirvió tan bien a través de lo bueno y lo malo, con muchos sacrificios, paso a encontrar a su Señor para escuchar la bienvenida “Bien hecho, buen siervo y fiel,” “Te daré la corona de la vida.”

Esto sucedió en el 30 de Agosto de 1930. El próximo día el venerable Rabino, a la edad de setenta y cuatro, aunque parecía más viejo a causa de las persecuciones y aflicciones, fue recostado en su último lugar de descanso en esta tierra. Los Schnellers, y los Reverendos el señor Domet y el señor Gabriel de la comunidad cristiana árabe estaban allí. El señor Gabriel dicta esta verdad. “Otra sepultura se ha cavado a lado de la de el para un hermano árabe Cristiano. Judío y árabe fueron recostados lado a lado, y los judíos y árabes estaban puestos en pie con sus rostros inclinados al lado de ambas sepulturas, tocados y ablandados el uno con el otro.’ ” De “When Jews face Christ” (Cuando los judíos enfrenten a Cristo) por Henry Einspurch, D.D.

Haz clic aquí para leer más testimonios de rabinos