Rabino Charles Freshman

RABINO CHARLES FRESHMAN 

(1819-1875)

Freshman

 

Carlos Freshman nació en Micklosh, (Liptovský Mikuláš), una ciudad placentera situada al lado del rio Waag, en Hungría (que en el presente es Eslovaquia), siendo el mayor de trece hijos. Sus padres eran estrictamente apegados al judaísmo, y todo el entrenamiento del joven Carlos fue estricto en extremo.

 

A la edad de ocho años Carlos podía leer hebreo muy bien y traducir cada palabra sin dificultad, ocupando muy poco un diccionario. Siendo naturalmente ambicioso y orgulloso, su mente se apegó a la determinación de hacerse un Rabino, no un Rabino ordinario, como uno que encuentras a diario, pero un gran Rabino, tales como aquellos que inmortalizaron sus nombres e imprimieron sus pensamientos en las hojas del Talmud. Encendido con este deseo, él estudio el Talmud día y noche y pronto se hizo tan capaz en el que le fue posible ayudar a sus compañeros de escuela y así ahorrar un poco de dinero para sí. A la edad de once años era admirado por su impresionante conocimiento y también por piedad manifiesta. Leía y oraba bastante en secreto, y seguido ayunaba, y era muy estricto y escrupulosamente exacto en el desempeño de sus responsabilidades religiosas, pero ay! Era muy orgulloso y altivo, diciendo que sabía más que el maestro mismo.

 

A su padre le sorprendió una desgracia en sus negocios que involucró la pérdida de todo. Apenas había un poco de pan para satisfacer las demandas presentes de la numerosa familia. Carlos se estaba preparando para su confirmación como maestro privado. Pero ay de él! Pues cuando llego el tiempo de su confirmación, no podía ser confirmado, pues el padre estaba tan pobre que no podía si quiera las filacterias y la ropa bonita. Carlos fue extremadamente humillado y resolvió dejar la casa de su padre y entrar a un seminario o institución Judía en alguna ciudad lejana. Con unos cuantos centavos en su posesión, Carlos se despidió de sus padres y casa y se dirigió al amplio y ancho mundo solo.

 

Después de muchas durezas llego al lugar llamado Namenzdorf donde el Rabino lo recibió amablemente, y después de una examinación satisfactoria le permitió ser un estudiante en la escuela Talmúdica. Las provisiones de la escuela eran muy limitadas, y seguido que se quedaba con hambre, pero él estaba razonablemente contento y estudiaba diligentemente. Aun así, no estaba cerca de obtener sus filacterias y su confirmación. Entonces resolvió irse a Polonia, donde había colegios famosos para entrenar a judíos jóvenes. Así que comenzó a planear ir al gran Colegio Judío de Helleshan en Moravia.

 

Después de cinco días de su cansada caminata llego a Elechan (Olesov, Republica Checa) y de inmediato se hizo estudiante del Colegio. Allí permaneció por más de dos años, ganado distinción honorable como estudiante, y resolvió ir a la ciudad de Prague para completar su educación como Rabino. Otra vez sintió las presiones de tiempos difíciles mientras continuaba sus estudios, pero perseveró por cinco años para cuando sus estudios fueron pronunciados completos. Él estaba completamente familiarizado con el idioma Hebreo y la literatura Judía, pero también había obtenido un buen conocimiento de idiomas, de historia, filosofía, y ciencia en general. Recibió su diploma y otras credenciales del más alto grado, y regreso a casa más orgulloso que nunca, pues ahora era un Rabino y, en su propio criterio, un Rabino de no poca importancia.

 

En vez de buscar una congregación a su alrededor, el joven Rabino comenzó a buscar una esposa, que al final encontró. Se casó cuando tenía solo veintitrés años de edad. Por más de un año la joven pareja se quedó con la familia de su esposa, luego, en vez de buscar una congregación, comenzó un negocio. Dos veces falló, y después de oficiar ocasionalmente como Rabino en algunas pequeñas sinagogas, fue inducido a dejar su tierra nativa para ir al Nuevo Mundo. Vino a Canadá, acompañado por su esposa y cinco hijos. Dr. DeSola, el Rabino de la congregación Portugués en Montreal, recomendó al joven a la congregación de Quebec, y poco después de su llegada al Nuevo Mundo, Carlos Freshman se le dio el puesto de Rabino de una congregación Judía en Quebec. Él inmediatamente comenzó a aprender el idioma del inglés, aunque progresó lentamente.

 

La congregación en la cual el señor Freshman ahora ministraba era compuesta de nacionalidades mixtas de judíos, pero principalmente alemanes e ingleses. Él antes había oficiado en el idioma Hebreo y Alemán, y no fue hasta que había estado un largo tiempo que dio su primer servicio en Inglés. Estos judíos tenían poca consideración del día de Reposo. Muchos de ellos atendían a los servicios de la sinagoga  y luego, casi inmediatamente después regresaban a sus negocios o continuar en búsqueda de sus placeres. El Rabino, estrictamente ortodoxo, estaba horrorizado con su impiedad, y la manifestó con muchos, reprendiendo a muchos aunque no obtuvo ningún resultado.

 

Lentamente el Espíritu de Dios comenzó a trabajar en la mente del Rabino Judío. A menudo pasaba por las calles y veía las grandes congregaciones dirigiéndose hacia varias iglesias Cristianas, o regresando de los servicios, su mente se preocupaba de ellos. En algún punto en el tiempo llego a pensar, “Que tristeza que tal multitud de gente crea tan fácilmente falsedades, y blasfemias adorando a un hombre malo.” Pero otra vez, reflexiono, “Aquí hay hombres inteligentes, hombres de educación, hombres de conocimiento profundo de la naturaleza humana, hombres que tienen las Escrituras del Antiguo Testamento tal como yo, hombres acostumbrados a ejercitar su razonamiento y juicio tocante a sus asuntos terrenales, y estoy seguro que, hombres que no ponen su confianza solamente en la religión Cristiana sin tener algún fundamento en cual basarse. ¿Qué tal si, después de todo, he examinado solo un lado de la pregunta? ¿Qué tal si, después de todo ellos estuvieran correctos y yo equivocado? Estos pensamientos normalmente los despedía sin mucho esfuerzo, como tentación de Satanás, pero pronto regresaban, a pesar de su esfuerzo. En una ocasión, después de predicar a su congregación de la restauración de Israel, su mente se oscureció aún más, y sintió que no creía totalmente todo lo que le había predicado a su gente. En este estado de desagrado y momentos complejos, fue a su escritorio y cuidadosamente lo abrió, con actitud de alguien a punto de cometer un crimen.

 

Escondido en ese escritorio había una edición del Antiguo y Nuevo Testamento. Años antes de ese tiempo, durante sus viajes en Hungría, un misionero judío de la Iglesia Escocesa conoció al joven Rabino Judío en un hotel en Cashaw y lo persuadió a que compara el libro. Nunca lo miró. Cuando vino a Quebec, desempacó sus libros, y encontró entre ellos la Biblia que él creía haber dejado en Hungría. Tomó la Biblia y la guardó bajo llave entre sus papeles privados, para que su esposa e hijos, o alguno de su congregación no fueran a saber que tenía tal libro en su posesión. Se sentía culpable porque no lo había destruido inmediatamente, pero sin duda Dios lo dirigió a preservarlo para que Él pudiera traer a cabo el resultado final. En este momento de su más profunda ansiedad y duda, abrió su escritorio, sacó la Biblia y se fue a su biblioteca, asegurando la puerta con llave.  Luego, seguro de que no sería interrumpido ni perturbado, abrió el Nuevo Testamento, y comenzó apresuradamente a leer unas cuantas hojas. Un poco de tiempo después la arrojó con asco, exclamando “¡Esto no puede ser!” Pero pronto volvió a tomar el libro, comenzó a leerlo, y volvió a tirarlo, alejándolo de sí. Así continuó como por una hora. Al fin se emocionó tanto, que tomando otra vez el libro y leyendo un rato, lo arrojó con tanta violencia que varias hojas se rompieron. En un momento sintió remordimiento y recogiendo las hojas sueltas las puso en su lugar perteneciente, cargó el libro a su lugar apropiado y lo volvió a resguardar bajo llave, fuertemente resuelto a no leerlo nunca más.

 

Llegó la tarde, pero su mente estaba tan perturbada que apenas podía llevar acabo sus deberes ordinarios en la sinagoga. Le siguió una noche en vela, y luego otro día ansioso, con pensamientos perplejos, al final la resolución firme de estudiar los profetas, especialmente aquellos que hacían referencia al Mesías. Mientras se ocupaba es sus quehaceres, un Rabino judío de Jerusalén visitó al Rabino Freshman, quien aprovechó la oportunidad para preguntarle al hombre estudiado acerca del Mesías. El pobre Rabino de Jerusalén no podía contestarle sus preguntas, y el Rabino Freshman comenzó a cuestionar seriamente que sí había algo mal con la creencia Judía y que quizás los Cristianos si tenían la razón. Él hasta comenzó a compartir sus pensamientos en voz alta a algunos miembros de su congregación, y leía el Nuevo Tesamente con gran cuidado, a pesar de sus resoluciones formales. Un vecino cristiano piadoso, el Señor Hinton, pasó muchas horas con el judío en conversaciones con temas religiosos, pero la luz del día no le resplandeció.  Día y noche escudriñaba su Biblia, pero no le venía ninguna convicción. Se mantenía roto por dudas, ni creyendo en la religión judía totalmente ni estando completamente convencido de la verdad del cristianismo. Quería renunciar a su puesto como rabino en seguida, pero su buena esposa estaba en contra de ello, diciendo, “Yo nunca me hare una cristiana.”

 

Se acercaba la Pascua judía, y el Rabino Freshman tenía que preparar un sermón especial para la ocasión. El texto que escogió fue Génesis 49:10. Mientras escribía el sermón le sobrevinieron dudas hasta al punto de que decidió no predicarlo. Le llamó a su esposa y le dijo que creía en Jesús como el Mesías. Ella comenzó a llorar amargamente, y su hijo mayor, cuando llegó a saber lo que acontecía, también se unió a su madre. Había lamentación y lloro, y el Rabino mismo lloró. Incapaz de aguantar ver la miseria que había traído a su familia, Freshman dejó su casa y se apartó a un lugar solitario, más allá de las casas de Quebec. Sin que hubiera testigo que pudiera contemplar su dolor y el agonía de su alma, se dejó caer al suelo y clamó fuertemente a Dios. Aun así, no le llegó alivio, y con un corazón apesadumbrado regresó a casa. Sin dirigir palabra a su familia, que todavía estaba en llanto, entró a su recámara donde otra vez oro y leyó su Biblia. Despertó fuertemente resuelto a dar su renuncia, pero otra vez su valentía le falló y lo volvió a posponer.

 

Al fin, un día antes de la Pascua, una vez más meditaba sobre Génesis 49:10, y luego leyó, Isaías 53, y repentinamente, se convenció plenamente de que Jesús era el Mesías esperado. Sin la más mínima vacilación escribió su renuncia y la envió al presidente de la congregación.

 

Con esto se desató la tormenta con toda su furia. Su esposa e hijos querían celebrar la Pascua como lo solían hacer, mientras que él no quería nada que ver con la celebración. Los judíos declararon que el Rabino estaba demente y era peligroso, y tentaba a su esposa e hijos a dejarlo. Sus amigos lo abandonaron y lo evadían, y se circuló un cuento que había recibido diez mil dólares por renunciar a su fe. Pero lo peor de todo, el Señor Freshman no tenía plenitud de luz. Él creía en Jesús como el Mesías, pero no sabía nada de la justificación o de la salvación por fe, y tampoco tenía un concepto claro de su condición como un pecador a la vista de Dios, ni de la necesidad de un cambio de corazón. Su conversación hablaba desde su cabeza y no desde su corazón. Muchos ministros y miembros de iglesias en Quebec le llamaban, pero aun así, continuaba en la oscuridad.

 

Se mantuvo en este estado por varias semanas. Otra vez comenzó a estudiar diligentemente su Biblia, comenzó a atender a iglesias de diferentes denominaciones, y  a orar buscando a Dios de todo corazón.

 

Una noche lloraba en profunda y ferviente oración y estaba en gran agonía mientras se veía claramente como un pecador perdido, indigno de nada más que ser condenado. En gran desesperación clamo, “Señor, sálvame que perezco,” y no vio otra esperanza más que en Cristo. En ese momento las sombras se desvanecieron y su peso se removió de su alma apesadumbrada. Ahora la oración daba lugar a gloria, y un cambio maravilloso sucedió dentro de él. Había nacido de nuevo.

 

El señor Freshman comenzó de inmediato a compartir lo que Dios había hecho para su alma. Comenzó con su propia familia. Su esposa, aunque lenta de corazón para creer, consintió a acompañarlo a la iglesia, Después de estudiar el Nuevo Testamento en la iglesia, sus familiares también llegaron a tener su fe en Jesús el Mesías.

 

El Rabino Carlos Freshman, su esposa y siete hijos, fueron bautizados en la Iglesia Metodista Wesleyana en Quebec. Ministros de otras denominaciones estaban presentes y tomaron parte en algunos ejercicios extraordinarios, que fue presentado por una amplia asamblea de cristianos y por algunos miembros de la congregación judía que pertenecían a la congregación donde oficiaba el Rabino Freshman tres años antes de su bautismo.

 

Habiendo pasado algún tiempo como profesor en temas judíos, el señor Freshman fue nombrado como misionero de la Iglesia Metodista Wesleyana a los alemanes en Canadá. Él fue ordenado y sirvió al Maestro fielmente hasta su muerte. Las congregaciones que fueron organizadas primordialmente a través de su esfuerzo se encontraban en Hamilton, Ontario, y en sus vecindades. Muchas almas fueron dirigidas a Cristo a través de su esfuerzo, entre ellos algunos judíos.

 

—La Gloria de Israel

 

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