Rabino Leopold Cohn, D.D.

RABINO LEOPOLD COHN, D.D.

1862 -1937

By H. B. CENTZ

 

Cohn

La vida de Leopoldo Cohn comenzó en un pueblito de Berezina, en la parte este de Hungría. A la edad de siete años una gran calamidad le sucedió al jovencito; perdió a ambos de sus padres en el mismo año y fue dejado a sobrevivir tan bien como pudiera por sí solo. Años después, recordaba como esos días de soledad terrible y lucha amarga por sobrevivir le enseñaron a confiar en Dios con todo su corazón. Parecía normal, en aquel tiempo, al encontrar al joven Cohn, después de su confirmación a la edad de trece años, determinado a entrar en un curso de estudio con la visión de eventualmente hacerse un Rabino y líder entre su gente. Podemos saber que era un buen estudiante, pues a la edad de dieciocho años se graduó de las academias Talmúdicas con un récord de altas becas y con recomendaciones como un valioso maestro de la Ley.

 

Siguiendo el cumplimiento de sus estudios formales y posterior recibimiento de smicha y ordenación, el Rabino Cohn contrajo un matrimonio feliz y, manteniendo la costumbre de aquel tiempo, hizo su hogar al lado de la casa de sus ahora suegros, para allí dedicarse al continuo estudio de los sagrados escritos.

 

A través de los años de disciplinado estudio religioso y devoción, los ardientes problemas de su gente, los problemas del exilio y de la muy tardada promesa de la redención a través del Mesías, habían grabado fuertemente en el espíritu del Rabino, y ahora que había obtenido tiempo libre y podía seguir el deseo de su corazón, él se dio a la sincera oración y estudio con la esperanza de encontrar su solución. 

 

Una parte de sus devociones por la mañana fue la repetición del artículo doce del credo judío, que declara: “Yo creo con una fe perfecta en la venida del Mesías, y aunque Él tarde, aun esperaré diariamente en Su venida.” El uso regular de su afirmación de fe esparció una llama de deseo en su corazón por el cumplimiento de la promesa de Dios y la pronta restauración del Israel esparcido, hasta que ya no satisfecho por las oraciones formales, comenzó a hacer vigilias a la media noche y sentarse en el puro suelo a lamentar la destrucción del templo y a implorar con Dios que apresurara la venida de su Enviado.

 

“¿Porque se tarda el Mesías? Cuando vendrá?” Estas eran preguntas que continuamente agitaban la mente joven del Rabino. Un día, mientras escudriñaba un volumen del Talmud, llegó a esta cita: “El mundo estará en pie por seis mil años. Habrá dos mil años de confusión, dos mil años bajo la ley, y dos mil años del tiempo del Mesías.” Con interés apresurado buscó iluminación del pasaje en los escritos de Rashi, el principal comentador Judío, pero encontró que el comentario era de poca ayuda. Cuando el quitó la vista de los volúmenes, la solución de su problema le parecía aún más difícil que nunca. De acuerdo con la cuenta Talmúdica, el Mesías debió haber venido hace ya mucho tiempo; pero, aun estaban en exilio, aun presente el hecho más amargo de la historia judía, para tener en cuenta. “¿Puede ser posible,” se preguntaba a sí mismo, “que el tiempo dado por Dios para la venida del Mesías ha pasado ya y la promesa no se ha cumplido?” Gravemente confundido, el Rabí Cohn decidió comenzar un estudio de las predicciones originales de los Profetas, pero la pura contemplación de la idea lo llenó de temor, pues, de acuerdo con las enseñanzas Rabínicas, “Malditos son los huesos de aquél que calcula el tiempo del fin.” Y fue así, que con manos temblorosas, esperando que en cualquier momento le cayera un rayo del cielo, pero con una ansiedad irresistible, abrió el libro de Daniel y comenzó a leer. Cuando llegó al capítulo nueve, comenzó a ser iluminado. Había encontrado una mina de verdad encubierta, envuelta por los comentarios de los venerados doctores de la ley. Del versículo veinticuatro del capítulo presente pudo deducir sin dificultad que la venida del Mesías debió haber ocurrido cuatrocientos años después que Daniel recibió del mensajero divino la profecía de las Setenta Semanas. El erudito, acostumbrado con los polémicos, complejos, y en ocasiones obscuros tratados del Talmud, viendo que en temas tan vitales difería con las Sagradas Escrituras.

 

No fue un asunto sencillo ni placentero para el Rabino Cohn, líder de una comunidad Judía, que a diario aumentaba su popularidad entre su gente, de tener dudas tocante a la autoridad del Talmud. Muy aparte de la inquietud que le traía a su alma, el sentía que dudar era herejía en un hombre de su posición y en una forma mística, perjuicios al bienestar de Israel. Y aun así, cada momento de seria contemplación le traía cara a cara con la pregunta: “¿Creeré en la Palabra de Dios, o debo cerrar mis ojos a la verdad?” En medio del conflicto que se producía en su corazón, había una oración que decían sus labios más que ninguna otra: “Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley.”

 

Sin estar completamente consciente de ello, el Rabino Cohn estaba partiendo del camino. Una crisis era inevitable, y le sobrevino una Chanukah. Era la temporada de la Fiesta de la Dedicación, y como era su costumbre, él planeaba predicar a su gente tocante al significado del festejo. No había pensado hacer referencias en su sermón a sus dudas del Talmud ni a sus recientes descubrimientos en la profecía de Daniel, pero cuando se levantó para dar su discurso algunos de sus más profundos pensamientos le sobrevinieron al punto de no poder contenerse de decirlos. El efecto de sus palabras rápidamente se hizo evidente. Susurros se convirtieron en fuertes protestas, y antes de que el sermón llegara muy lejos, el servicio irrumpió en un escándalo.  Ese día inició una seria de pequeñas persecuciones que robaron el gozo de la vida del joven Rabino y dirigieron su ministerio ya difícil a un punto imposible.

 

El Nuevo Testamento era un libro aún desconocido para el Rabino Cohn, y consecuentemente nunca le llegó al pensamiento buscar el cumplimiento de las profecías dictadas en el Antiguo Testamento. Con espíritu turbado, se lanzó a buscar lo próximo que debía hacer, y decidió buscar consejo de un Rabino en un pueblo distante, un hombre de edad avanzada, cuyo aprendizaje y piedad el Rabino Cohn mantenía en alta estima. “Seguramente,” pensó “mi problema no es uno nuevo. Otros debieron haber estado confundidos sobre esto y han encontrado alguna respuesta satisfactoria, pues como podrían continuar estudiando el Talmud.” Pero aquí otra vez estaban destinadas sus esperanzas a ser lanzadas al suelo. Cohn aún no había descargado el peso de su alma apesadumbrada cuando el Rabino, al que él había viajado tanta distancia para ver, comenzó a azotarlo con su lengua y a derramar sobre el un torrente de insultos y vituperación. “Así que has comenzado a buscar al Mesías, a descubrir lo inescrutable? Apenas saliste del cascarón y ya tienes la temeridad de cuestionar la autoridad del Talmud! ¿Las enseñanzas de nuestros maestros ya no son válidas para ti?  Tú hablas por todo el mundo como los rebeldes al otro lado del mar, de quienes he leído recientemente en el periódico, que el Mesías ya vino. Mejor que regreses a tu puesto, joven, y da gracias que no te lo han quitado. Toma mi advertencia, si persistes en estas ideas profanas, un día terminará tu Rabinato en desgracia y probablemente terminarás entre los apóstatas en América.”

 

Desanimado y abrumado, el Rabino hizo salida. Pero a pesar de su gran humillación, un nuevo pensamiento comenzó a forjarse en su mente, y con ella parecía que veía en la distancia un resplandor de una nueva esperanza. América! La Tierra de la libertad! El cielo de los perseguidos! El continuaría en su investigación.

 

Marzo de 1892 encontró al Rabino Cohn en la ciudad de Nueva York, bienvenido calurosamente por sus compatriotas, muchos de los cuales lo habían conocido personalmente en casa. Rabí Kline de la Sinagoga de Hungría, que lo había precedido a América, y quien tenía una carta de recomendación, lo recibió con mucha amabilidad y aun le ofreció un puesto temporal en su sinagoga mientras esperaba ser llamado a una congregación apropiada.

 

Un Sábado, poco después de su llegada, el Rabino Cohn salió por la tarde a su acostumbrada caminata sabatina. Como de costumbre, meditaba en el tema del Mesías. Pero mientras estaba absorto en sus pensamientos, pasó una iglesia localizada en una calle de una colonia judía muy pobre, su atención se dirigió a un rótulo escrito en hebreo que anunciaba “Reunión para judíos”. Apenas sabía qué hacer con esta combinación extraña: Una iglesia con una cruz en ella, y reuniones para judíos!

 

Mientras él se paraba frente a la iglesia, absorto en sus pensamientos, un compatriota tomó su hombro fuertemente y exclamó con temor, “Rabino Cohn, mejor que te alejes de este lugar.” El Rabino estaba sorprendido, pero a la vez su sentido de curiosidad fue despertado. ¿Exactamente de qué se trataba esa iglesia con el rotulo en Hebreo? “Hay judíos apóstatas en esa iglesia,” se le dijo con un aire ansioso, “y enseñan que el Mesías ya ha venido.”  Ya había venido! ¿Podía esta ser la gente a la que se refería el Rabino que el había visitado antes de irse de Hungría? Esto era algo que él quería descubrir.

 

Tan pronto como pudo dejar a su compañero, se aseguró de que no lo vigilaran, y rastreó rápidamente sus pasos otra vez a la iglesia. Pero ni aun había puesto un pie dentro de la iglesia, cuando sus ojos captaron algo que lo obligó a permanecer afuera. El que daba el discurso en la plataforma estaba descubierto de la cabeza al igual que su audiencia. En la costumbre judía ortodoxa, para el Rabino Cohn esto era un sacrilegio. Pero al ir saliendo, pensó que sería bueno explicarle al sacristán cual era razón por la cual se retiraba, y de él recibió la sugerencia que aunque no podría quedarse al servicio, aun sería bienvenido si pidiera una entrevista privada en el hogar del ministro.

 

El Lunes siguiente, aunque todavía estremecido por la experiencia del Sábado, el Rabino Cohn juntó el suficiente valor para presentarse en la domicilio del ministro. El entró a la casa con muchas dudas, pero la impresión que recibió por la graciosa personalidad del ministro, un judío Cristiano, y el hecho de que el hombre era, como el mismo, un Talmudista estudiado, además de ser descendiente notable de una famosa familia Rabínica, muy pronto lo hizo sentir como en casa. Antes de darse cuenta lo que sucedía, se encontró relatando a su nuevo amigo la historia de su búsqueda mesiánica.

 

Cerca del final de la entrevista, notando que a su visitante le era desconocido su contenido, el ministro le dio un Nuevo Testamento en Hebreo y le pidió que lo estudiara en su propio tiempo. Recibiendo con entusiasmo el libro que cambiaría su vida y su ministerio, comenzó ansiosamente a estudiarlo. El Rabino Cohn abrió el volumen y leyó la primera hoja, y allí sus ojos vieron en las primeras frases del Evangelio de Mateo, “Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.”

 

Estas palabras despertaron en los sentimientos difíciles de explicar. Le parecía que había alcanzado la meta de su larga búsqueda. Los sacrificios que había enfrentado, había soportado la separación de su esposa e hijos, los días que había pasado en oración agonizante—todas esas cosas estaban por dar fruto y recibir su recompensa. El problema que ni él ni aquellos que consultó podían resolver era contestado por éste libro, que estaba ahora en sus manos.

 

Seguramente tal libro debió haber llegado por la voluntad del Cielo. Dios por fin había contestado sus muchas oraciones, y ahora, estaba seguro, Él le iba a ayudar a encontrar al Mesías.

 

Dejando a su amable hospedador, el Rabino Cohn corrió tan pronto como pudo a su cuarto y, asegurando la puerta de su cuarto se dio al estudio de este precioso volumen, su perla de gran precio. “Comencé a leer a las once de la mañana,” escribió luego cuando reflexionaba en los hechos de aquel día tan memorable, “y continué leyendo hasta después de la medianoche, la una de la mañana. No podía comprender todo el contenido del libro, pero por lo menos podía ver que el nombre del Mesías era Yeshua, que nació en Belén de Judea, que Él vivió en Jerusalén y se comunicaba con mi pueblo, y que Él vino al tiempo que había predicho la profecía de Daniel. Mi gozo era incontenible.”     

 

Pero le fue posible ver hacia el futuro, el Rabino Cohn contemplaba más días de dolor para si mismo. Angosto y doloroso es el camino de fe en un mundo de incredulidad. Su primera prueba vino la próxima mañana cuando intentó compartir su descubrimiento con el Rabino Kline, quien recientemente había ofrecido ayudarle a encontrar un puesto. “Eres un soñador loco,” gritó el colega Rabínico, cuando escuchó la historia de Cohn. “El Mesías que dices haber encontrado no es ningún otro que el Jesús de los Gentiles. En cuanto a este Libro,” dijo mientras arrebataba el Nuevo Testamento de las manos de Cohn, “un Rabino estudiado como tú no debería manejar y mucho menos leer esta vil producción apóstata. Es la causa de todos nuestros sufrimientos.” Y con estas palabras, arrojó el libro al suelo y lo pisoteó.

 

Huyendo de la inesperada explosión de ira, el Rabino Cohn se sintió una vez más como el mar agitado por sus pensamientos y emociones.  “Puede ser posible que Yeshua el Mesías, el Hijo de David, es el Jesús que adoran los gentiles?” Creer tal cosa sería igual a la idolatría!

 

Los días que siguieron fueron llenos de angustia y de pensamientos melancólicos. Pero gradualmente, él sobresalió de las garras de desesperación y comenzó a estudiar su problema otra vez a luz de las Sagradas Escrituras. Cuando volteaba hacia la lámpara de la verdad de Dios, encontraba luz. La visión profética del Mesías sufrido comenzó a penetrar su mente mientras leía una y otra vez el capítulo cincuenta y tres de la profecía de Isaías, pero aún estaba lejos de encontrar paz para su alma. La pregunta solemne que ahora enfrentaba era. “ ¿Qué tal si Yeshua y Jesús son las misma personas? ¿Cómo puedo amar al ‘odiado’? ¿Cómo profanaré mis labios con el nombre de Jesús, cuyos seguidores han torturado y matado a mis hermanos a través de muchas generaciones? ¿Cómo puedo unirme a una comunidad de gente tan hostil a mi propia carne y hueso?” Estas eran las difíciles preguntas que eran suficientes para robarle la paz a cualquier hombre. Y aun así, por encima de la furiosa tormenta, había una voz suave y delicada que le seguía hablando a su corazón y decía, “Si Él es el Mesías profetizado en las Escrituras, entonces seguramente le debes amar, sin importar lo que otros han hecho en su nombre, tú debes seguirle.”

 

Aun titubeando entre dos opiniones, el Rabino Cohn decidió ayunar y orar hasta que Dios claramente le revelara qué hacer. Cuando comenzó con sus súplicas, tenía sus manos en un Antiguo Testamento. Estando absorto en oración, se sorprendió cuando el volumen se cayó de su mano al suelo, y cuando se agachó a recogerlo, vio que se había abierto al tercer capítulo de Malaquías, que comienza con las palabras, “He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos.” Ahora todo su ser estaba siendo impresionado y cada sentido de comprensión despertado. Por un momento, sintió que el Mesías estaba a su lado, señalando las palabras “Él ya ha venido.” Lleno de un sentimiento de admiración y a la vez de temor, dejó caer su rostro en tierra, y desde lo más profundo de su ser brotaron palabras de oración y adoración. “Mi Señor, mi Mesías, Yeshua. Tú eres el Único en quien Israel será glorificado, y Tú seguramente eres el que ha reconciliado a Tu gente con Dios. De este día en adelante, te serviré sin importar lo que me cueste.” Como en respuesta directa a su oración, un rayo de luz inundó su entendimiento, y en su gozo indecible ya no era difícil amar al Señor, estaba seguro que era el Mesías al que se dirigía. En esa hora, él supo que él había sido hecho una criatura del Mesías.

 

Ya no consultando a carne y hueso, Cohn comenzó a proclamarle a todos sus amigos y conocidos que el Jesús rechazado era el Mesías verdadero de Israel, y que hasta que los judíos le recibieran podrían encontrar ellos paz con Dios. La primera reacción de sus amigos fue de indulgencia cómica. “El Rabino Cohn está mentalmente confundido,” decían, “debido a la prolongada separación de sus seres queridos.” Pero cuando su perseverancia y franqueza de apelación retaba su atención, lo nombraron como un traidor de su gente y comenzaron darle persecución amarga. Algunos hasta pensaban que sería un acto piadoso matarlo. Así era el celo vacío del conocimiento de Dios!

Cuando los compatriotas de Cohn se hicieron a la idea de su conversión, ellos procedieron a enviar cartas a su esposa y amigos en casa para informarles de su  “apostasía.” Como resultado, toda comunicación entre él y su esposa fue cortada completamente.

Mientras tanto, los judíos de Nueva York estaban en un escándalo sobre el hecho de el una vez honorable Rabino. No hay manera de estimar que daño le hubiera causado la persecución fanática si se hubiera quedado por mucho tiempo en Nueva York. Pero afortunadamente, el ministro que le había dado su primer Nuevo Testamento supo de su dilema y vino a su auxilio. Un grupo de amigos se juntaron con el propósito de brindar un techo y protección a Cohn; pero cuando se hizo evidente que en Nueva York su vida estaría en grave peligro, se hicieron arreglos para su partida a Escocia, para que pudiera tener oportunidad de estudiar y recuperar fuerza en un ambiente amigable.

 

En la ciudad de Edimburgo Escocia, Cohn recibió una cordial bienvenida de la gente de la Iglesia de Barklay. Le hacía bien estar entre amigos, pues él tenía otra batalla por delante y otro enemigo por conquistar, un enemigo más sutil y peligroso que todos los que había dejado atrás en Nueva York. Acercándose el día de su bautismo, sintió que tendría que enfrentar la prueba más grande de su vida, y que Satán y todos los poderes del infierno se organizarían en su contra. Él sabía que había muchas cosas en la balanza para él. Por el lado espiritual, él esperaba ganar mucho más que una confesión resoluta y abierta por su fe en el Mesías, pero por el lado humano estaba en peligro de perder todo lo que él amaba en la vida—su esposa, hijos, amigos, dignidades; de hecho, todo.

 

Por unos días antes de su bautismo, aun en la misma hora de su solemne compromiso público al Mesías, Cohn vivía bajo una nube oscura de presentimientos melancólicos. Oración, que hacía a menudo, le traía solamente descanso temporal. Pero en la mañana de su bautismo, cuando llegó a la iglesia, se sintió fortalecido y gozoso, como si las nubes hubieran sido por la presencia del Mesías de quien estaba tan ansioso de confesar. Más tarde, llegó a saber cómo la oración de muchos amigos y conocidos lo habían sostenido en su hora de batalla y de gloriosa victoria.

 

Indicación de esto era una carta que recibió del Dr. Andrés A. Bonar, el venerable pastor de la Iglesia Finneston en Glasgow que decía, “Mi gente y yo estábamos orando por usted y su servicio esta mañana.” De esta forma, Cohn se liberó de la vida antigua que vivía, para darse nuevamente al servicio de su gente. Ahora no era un Rabino de la ley, sino un mensajero del Mesías, y él llevaba en su corazón el secreto de la salvación de Israel.

 

Hasta aquí hemos tratado con amplitud de la peregrinación espiritual del Rabino Cohn, pues allí se encuentra el secreto de la vida y trabajo de este gran hombre. Años después, el Dr. Leopoldo Cohn, el erudito, el predicador brillante, el fiel pastor e incansable misionero, puede ser comprendido solamente a través de la indagación de su juventud, cuando era una luz ascendiente en la profesión Rabínica no contó nada como demasiado querido para ser sacrificado en el altar de la verdad y devoción a la causa de la redención de su gente.

 

La exigencia de espacio nos dirige a bajar la cortina en el periodo de la vida de Cohn que cubre su estancia y trabajo en Escocia y su reunión con su esposa e hijos. También se pudiera relatar como su familia llegó a compartir su fe en el Mesías, pero que merece ser contada, en una historia separada. Ellos lo hicieron así, pero agrego un testimonio a la sinceridad y rectitud del hombre y el trabajo de gracia de Dios.

 

Continuamos con esta historia otra vez al punto del regreso de Cohn con su familia a Nueva York en el otoño de 1893. En el tiempo que había pasado entre esto y su primera llegada a Nueva York no había cambiado nada su carácter esencial. Aún era el mismo apasionado peregrino en busca de la verdad, excepto que ahora tenía todas sus capacidades, más la meta que ahora no le era causa de especulación. Había tomado de la fuente de agua viva. “Más yo sé a quién he creído.”

 

Par el ex-Rabino, había solo un llamado en su vida- servir a Dios, y había solo una cosa que valía la pena hacer- hacer notorios los caminos de salvación de Dios en Jesús el Mesías. Y así, al llegar otra vez a Nueva York, se puso de inmediato a establecer contacto con los grandes grupos de sus hermanos judíos.

 

Para asegurar un lugar donde proclamar el Evangelio, él abrió una pequeña misión en Brownsville. Siendo un hombre práctico, no se dedicó solamente a predicar, sino también brindó el alivio a las muchas necesidades que el descubría en las vidas de los inmigrantes judíos que en aquel entonces se estaban amontonando por los miles en Nueva York. Es propio decir con punzante tragedia que su primer intento para servir a su gente en el nombre del Mesías, lo hizo prácticamente solo. Mientras que a su predicación no le faltaba popularidad, la comunidad Judía integralmente lo veía con ojos hostiles, y cristianos, que debieron haber sostenido sus manos en alto, se juntaban lentamente para ayudarle. Antes de seguir por mucho tiempo con su proyecto misionero, las joyas de su esposa, un toque de riqueza pasada, tuvieron que ser sacrificadas para proveer la renta para el humilde salón de reunión. Y venían días cuando la despensa del pequeño hogar de los misioneros estaba muy vacía y ocasiones que los niños tenían que ser enviados a la escuela a medio comer. Esos debieron ser días angustiosos, suficiente para quebrantar el ánimo de cualquiera; pero Cohn continuó sin doblez, confiando en sí mismo y en su Dios amado, que lo había llamado de las tinieblas a Su luz admirable.

 

Persecución debió también ser una prueba dolorosa para el espíritu sensible del joven misionero; pero si había cicatrices causadas por lenguas y manos malvadas, eran confesadas solamente a Dios. Cohn nunca se quejó, pero siempre se mantenía animado y con esperanza. Hay solo un incidente relatado por el Dr. Cohn hace muchos años a un querido grupo, para ilustrar el texto, “El siervo no es mayor que su Señor.” “Una tarde,” dijo, “fui a entregar un Nuevo Testamento a una casa donde lo habían pedido. Pero cuando llegué allá, un hombre fuerte que me atacó, primero batiéndome con sus puños y luego brincando encima de mí con sus pies. Finalmente agarro mis orejas, y alzando mi cabeza, la comenzó a golpear repetidamente contra el duro suelo, todo mientras decía en Hebreo, ‘Estos oídos que escucharon de Sinaí que no debemos tener otros dioses extraños, y que ahora escuchan a ídolos Cristianos, deben ser extirpados,” y enfatizando la palabra “extirpado” con un fuerte jalón.” De esta experiencia, Cohn fue a casa con sangre en su rostro, pero era la sangre de uno que había sufrido por la verdad y fue hecha una semilla en su gran trabajo.

 

Pero quizá la prueba más dolorosa que tuvo que sufrir vino del lado de la gente que aparentemente pensaban como él. “Falsos hermanos” así fueron llamados aquellos por el apóstol Pablo, y no hay mejor descripción que pueda usarse. Cuando el Dr. Cohn había establecido su trabajo, con una gran congregación de judíos quien él había guiado a la fe del Mesías, fueron encontrados hombres temerosos de impugnar sus motivos y cuestionar la sinceridad de su fe. Afortunadamente había otros, hombres de carácter impecable, que conocían el valor verdadero del Dr. Cohn y se pararon a su lado hasta el final de sus días.

 

El Dr. Leopoldo Cohn murió en Diciembre 19, 1937. Su servicio fúnebre, llevado a cabo en la Avenida Marcy en la Iglesia Bautista en Brooklyn, N.Y., y conducido por la asociación ministerial de la cual él había sido parte por mucho tiempo, atrajo a una gran multitud de amigos y espectadores, ambos Judíos y Cristianos.

 

De “When Jews face Christ” (Cuando los judíos enfrenten a Cristo) por Henry Einspurch, D.D.

 

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